Revisitando el paisaje

Publicado en por gildo gonzalez

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Revisar el paisaje es un acto casi inevitable para el que lo vive, siente y  habita. Pensarlo es una tarea mayor que exige tiempo y reflexión. Sin embargo, es una constante que se manifiesta, acciona y sucede desapercibidamente en diversos puntos del planeta y que se aplica –la mayor parte de las veces- sin una conciencia estética. El campesino, los hombres, mujeres y niños rurales; el ser en general quienes se mueven en ese contexto, establecen un sistema de orientación y diálogo con la naturaleza como parte de su accionar cotidiano. Más que inevitable, es un hecho inherente a su ser –en términos de existencia- con el entorno, y en ese entorno miden la cercanía y la distancia como actos consecuentes.

Lo evidente de la experiencia que se hace discurso de lo habitual, se nutre y constituye a partir de la obviedad. Y sólo porque el contenido toma forma cuando –extrayendo los recursos más comunes del escenario natural- se replantea una experiencia de aproximación y diálogo con el paisaje, cargada de un discurso plástico y de un sistema de relaciones vivenciales, culturales y filosóficas que se sitúan en el delicado lugar del ser y existir de la memoria y con ella el recuerdo.

Haber vivido el paisaje siempre cambiante, habitarlo y hacer de ello una experiencia consumada, es más que un discurso que se traduce sensiblemente, es una huella profundamente simbólica que asume un comportamiento independiente y en esa autonomía, exige dar continuidad a la relación-experiencia con, en y para el paisaje. Así, la experiencia del paisaje es objeto de estudio artístico y la experiencia del arte es objeto reivindicador del ser.

La dimensión plástica

Desde las pinturas rupestres hasta el siglo XVIII, la naturaleza aparecía pocas veces en las obras pictóricas como paisaje valorable por sí mismo.

Se atribuye a los artistas chinos, a partir del siglo V, el mérito de "descubrir" el paisaje como elemento pictórico por influencia del budismo y su concepción de la naturaleza. En Europa, el paisaje no aparece hasta el Renacimiento, aumentando progresivamente su presencia en las obras de arte y convirtiéndose en objeto de interés por sí mismo y no como fondo de una composición religiosa o de un retrato. Pero no ganó categoría de género pictórico hasta el siglo XVII en Holanda, país que desarrolló una importante escuela paisajística, representada por artistas como Jacob van Ruysdael.

En el siglo XIX, el ejemplo holandés se universaliza convertido en uno de los objetivos del realismo pictórico y en especial en Francia, a través de la Escuela de Barbizón y el plenairismo (los pintores pintan al aire libre y no en sus estudios). Este nuevo interés por plasmar un instante fugaz de luz o una anécdota, en plena naturaleza, impulsó el uso de técnicas como la acuarela, con una mayor rapidez de ejecución y la pincelada suelta en busca de conseguir una impresión más que un dibujo, una de las claves del impresionismo.

En momentos cronológicamente diferentes de oriente y occidente, la geografía y la naturaleza dejaron de ser objeto de temor o espacio simbólico de los poderes míticos o de los espíritus de la región para convertirse en objeto estético, y por lo tanto, objetivo de la obra de arte.

La extensión de terreno que se ve desde un sitio, o sea el paisaje, es un concepto que se utiliza de manera diferente según sus determinados campos de estudio, aunque todos los usos del término llevan implícita la existencia de un sujeto observador y un objeto observado del que se destacan fundamentalmente sus cualidades visuales y espaciales.

El paisaje, como componente del medio ambiente, es objeto de protección por parte de diversas leyes e instituciones nacionales e internacionales.

El paisaje, desde el punto de vista geográfico, es el objeto de estudio primordial y el documento básico a partir de cual  se hace la geografía. 

En general se entiende por paisaje cualquier área de la superficie terrestre producto de la interacción de los diferentes factores presentes en ella y que tienen un reflejo visual en el espacio.

El paisaje geográfico se define por sus formas naturales o antrópicas. Todo paisaje está compuesto por elementos que se articulan entre sí. Estos elementos son básicamente de tres tipos: abióticos (elementos no vivos), bióticos (resultado de la actividad de los seres humanos) y antrópicos (resultado de la actividad humana).

Determinar estos elementos es lo que constituye el primer nivel de análisis geográfico, pero también se puede interpretar el paisaje desde el punto de vista artístico, como representación gráfica y utilizar el término como objeto poético que nos revista de imágenes contemplativas y otras posibilidades de confrontar su magnitud y exuberancia, su cadencia y ritmo, su color y textura; sus planos, contracciones y tonos. La multiplicidad de proposiciones concuerdan con la elaboración de estructuras donde habitamos y encontramos el espacio y tiempo para disfrutar la existencia.

La actualización topográfica encarna figuras que tienen que ver con nuestra contemporaneidad y la situación geográfica de las conciencias. Su valoración dependerá de las afinidades culturales, de la integración de otros expedientes y mapas para definir las rutas y secciones habitables.

 

La taxonomía del planeta Tierra exige una revisión constante, alegre, vibrante, acorde con la humanidad que la habita y abierta a la expresión directa, libre y comunicante… transgresora.

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